lunes, 25 de septiembre de 2017

China en América Latina: ¿Un nuevo imperialismo?


                                                                            23/09/2017:         Asia, Mundo

    


        Raúl Zibechi

                

China se empeña en rediseñar el mundo unipolar para transitar hacia otro multipolar, con lo que todos los países del Tercer Mundo saldrán beneficiados

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China realiza inversiones gigantescas en el mundo, habiéndose convertido en el segundo inversor global detrás de EEUU. En América Latina, algunos políticos de la derecha aseguran que China actúa como un nuevo imperialismo, aunque está lejos de comportarse de ese modo.

Según el último informe de la CEPAL ('La inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe'), en 2016 las inversiones de China en el exterior alcanzaron un nuevo máximo histórico: 183.100 millones de dólares, que representaron un incremento del 43,5% respecto al año anterior.

En EEUU, en 2016, las firmas chinas realizaron importantes adquisiciones en los sectores de hardware y electrónica de consumo, bienes raíces y la industria del espectáculo.

En Europa las inversiones de China se orientaron mayoritariamente hacia las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC), el transporte, la energía, la infraestructura y la maquinaria industrial.

El Centro de Documentación e Información de Bolivia (CEDIB) sostiene que China "ha logrado desplazar silenciosamente muchos de los roles que eran asumidos por el grande del norte y ha conseguido establecerse e incidir en las nuevas condiciones geopolíticas regionales, logrando asumir un rol importante en la economía de varios países latinoamericanos".

Las relaciones entre América Latina y China tienen dos ejes: por un lado la exportación de 'commodities', desde soja hasta hidrocarburos y minerales sin procesar; por otro, importantes préstamos a cambio de petróleo, sobre todo en los casos de Ecuador y Venezuela. Como señala el CEDIB, los préstamos "han superado a cualquier otra agencia de cooperación o relación bilateral entre países", en concreto el FMI y el Banco Mundial.

Sin embargo, China ha prestado a países que no tenían acceso al mercado financiero global ya que estaban restringidos o vetados por razones estrictamente políticas, con es el caso de Argentina (durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner) y Venezuela.

Se trata de indagar si las características de las relaciones de China con América Latina reproducen alguno de los patrones "imperialistas" que han caracterizado los vínculos de EEUU y de la Unión Europea con la región.

En varios países, los medios promueven la impresión de que China se comporta de modo imperialista, desde Venezuela hasta Argentina, donde el periodista Rolando Hanglin sostiene que los latinoamericanos, "cuando lloren bajo la bota de los chinos", recordarán lo beneficioso que fue "el imperialismo yanqui".

Las características básicas del imperialismo fueron fijadas por un conjunto de pensadores a principios del siglo XX. Todos coinciden en que es consecuencia del dominio del capital financiero sobre el capital productivo, como consecuencia de la concentración y de la formación de grandes monopolios.

La segunda característica es que la exportación de capital sustituye la preeminencia de la exportación de mercancías. O sea, se asiste al fin de la libre competencia y de la hegemonía de la producción por el predominio de la especulación.

Este proceso desembocó, a comienzos del siglo XX, en el reparto del mundo entre las grandes potencias a través de las posesiones coloniales, primero, y de la intervención diplomática o directamente militar sobre otras naciones. Porque el imperialismo no es sólo un fenómeno económico.

Desde 1823, cuando la Doctrina Monroe proclama que América Latina se considera "esfera de influencia" de EEUU, se han producido unas 50 intervenciones militares en la región, la mitad de ellas en la primera parte del siglo XX. El objetivo era derrocar gobiernos que Washington consideraba "enemigos" e impedir que personalidades o partidos contrarios a sus intereses llegaran al poder.

En base a estas consideraciones, podemos asegurar que China no practica una política imperialista, por lo menos en América Latina.

En primer lugar, en China no se registra una hegemonía del capital financiero sino del capital productivo. El Dragón se ha convertido en el taller del mundo, la primera economía industrial, pero su sistema financiero no ocupa el timón de mando del país.

La segunda cuestión es que en China hay, efectivamente, monopolios y grandes empresas de carácter capitalista. Pero las firmas que operan en el extranjero suelen ser estatales, como los grandes bancos, y aún las empresas privadas tienen fuertes vínculos con el Estado. No existe en China, como en los países imperialistas, una oligarquía financiera que ocupa lugares destacados en la dirección política de esas naciones.

La tercera es la más importante. China no tiene una política de intervención e injerencia en los asuntos de otros países, ni ha desplegado una política de anexiones, ni que promueva derribar gobiernos para instalar gobernantes afines, como han hecho Inglaterra y Francia durante siglos y los EEUU desde hace 150 años en América Latina.

Mientras EEUU tiene 850 bases militares en el mundo, China acaba de abrir su primera base militar en Yibuti, para asegurar el flujo de petróleo a través del mar Rojo, ya que depende de la importación de hidrocarburos para que su economía funcione. En sus relaciones con los países latinoamericanos, ha sido respetuosa de los gobiernos y no practica injerencia.

Pero hay un elemento quizá más relevante. Quienes acusan a China de imperialismo suelen olvidar que esa es una tradición de los países occidentales. En la historia reciente China fue invadida tres veces (las dos guerras del opio en el siglo XIX y la invasión japonesa en el siglo XX), de modo que se sitúa entre los países que fueron víctimas del colonialismo y del imperialismo.

Aún es pronto para saber si las inversiones chinas en América Latina instalan relaciones asimétricas que perjudican a los países exportadores de materias primas. Al igual que otros países que han sufrido invasiones y dominación, China se empeña en rediseñar el mundo unipolar para transitar hacia otro multipolar, con lo que todos los países del Tercer Mundo saldrán beneficiados. En realidad, quienes apuntan a China como imperialista prefieren que el verdadero imperialismo, el yanqui, siga dominando nuestros países.

 

domingo, 24 de septiembre de 2017

De los salarios chinos




Umberto Mazzei

trabajo_china_custom.jpgCategoría de nivel principal o raíz: Desde Asturias

23 Septiembre 2017

De los diversos elementos que componen los costos del productor, los salarios son lo más importante y en cierto modo son el regulador del precio del costo y del precio al que puede ofrecerse el producto y de los niveles de la gama de precios que compiten entre si.

 

Otros elementos como el interés del dinero y los márgenes de utilidad son elementos del precio que pueden variar con mucha elasticidad. En general son los bajos salarios, lo que permite al productor abaratar su mercancía y obtener una utilidad, en una actividad productiva que arrojaría pérdidas en un país cuyos salarios fuesen más altos. Es, muchas veces, a causa de los salarios bajos que aumentan las ventas y se tiene la apariencia de éxito comercial y de prosperidad.

 

Sismondi nos recuerda que El precio de la mano de obra (salario) puede ser bajo de modo real o nominal, según que el trabajo se intercambie por una cantidad insuficiente o superabundante de las cosas necesarias para la vida.

 

El dinero no es mas que el signo del cambio, el trabajador no tiene intención de guardarlo; apenas lo ha recibido lo entrega para pagar las provisiones que necesita: Si éstas tienen un precio bajo, y su trabajo diario se intercambia no solo por lo estricto necesario, sino por una cantidad suficiente para que tenga algo de superfluo.

 

El salario no es bajo mas que nominalmente.[1]  Sismondi roza aquí un tema de gran actualidad, como es el de la diferencia de medir una economía por un PIB nominal (suma de todas las transacciones de acuerdo al valor nominal de cambio) y un PIB ajustado al valor útil de los intercambios, usando como referencia el poder de compra. Esta diferencia nos conduce a medir las economías nacionales de un modo más cercano al valor en términos de utilidad de los bienes que produce. O sea el valor útil de las cosas que produce. Es así como en términos de utilidad real, la economía de China es ya mas grande que la de Estados Unidos y explica porque sigue creciendo a un ritmo sostenido mucho mayor: los salarios chinos, calculados a la tasa de cambio formal entre las monedas respectivas, pueden ser más bajos, en términos nominales, que los salarios norteamericanos o europeos, pero puede que sean mayores en cuanto a capacidad de compra de los bienes y servicios necesarios para llevar una vida confortable en China.

 

Esa mayor capacidad de compra de los salarios chinos explica que sea creciente el número de chinos que salen de la pobreza y ayudan a expandir el mercado interior de China, lo que a su vez permite mayores economías de escala y un creciente intercambio como importador de su comercio internacional (China ya es el segundo destino de las exportaciones europeas), lo cual es una garantía contra cualquier intento de imponerle sanciones comerciales. Tal como se atrevió a balbucear Trump, hace unos días.    

 





[1] Sismondi, Nuevos Principios de Economía Política, Libro IV. Cap. Vicaria Editorial, Barcelona, 2016. pag. 205

 

https://www.alainet.org/es/articulo/188214


 

sábado, 23 de septiembre de 2017

¿Una laguna en la obra de Marx o ignorancia del lector?



                                               Elmar Altvater

                               Viento Sur                   13-09-2017

El intercambio metabólico entre naturaleza y sociedad en un modo de producción basado en el valor

En los 150 años transcurridos desde que se publicó por primera vez el Capital se han formulado tantos reproches contra Karl Marx y, en mayor medida todavía, contra su amigo y coautor Friedrich Engels, que casi es imposible enumerarlas. A diferencia de los economistas políticos que le precedieron, Marx fue supuestamente incapaz de explicar la formación de los precios. Es más, según sus críticos, la depauperación que predijo de la clase obrera no se ha producido y el capitalismo no se halla en proceso de colapso, sino que ha surgido triunfante de la competencia entre sistemas. También se acusa a Marx y Engels de haber allanado el camino, con sus escritos teóricos y políticos, a las atrocidades de Stalin, siendo por tanto autores intelectuales de los crímenes cometidos en la “edad de los extremos”.

Estas son duras acusaciones que todavía hoy sostienen no pocos periodistas. Claro que algunas de las lagunas que Marx sin duda dejó abiertas en su obra, parecen más bien responder a un prejuicio: Marx, y especialmente Engels, supuestamente no tenían respuesta alguna a las cuestiones ecológicas que constituyen nuestra principal preocupación en nuestros días. Se dice que no tuvieron en cuenta el hecho de que el valor no solo lo crea el trabajo, sino también la naturaleza; que, en su edificio teórico, la naturaleza ocupa menos espacio que el que se otorga a la sociedad y que la noción monoteísta de la dominación de la naturaleza por los humanos no se cuestiona críticamente. Sin embargo, un examen de los escritos conjuntos de Marx y Engels, especialmente del primer volumen del Capital, demuestra que los lectores han dejado manchas y huellas dactilares, es decir, rastros de su existencia ecológica. Es imposible leer a Marx sin tener en cuenta la ecología. Uno lee a Marx con la cabeza y, por consiguiente, con la razón, pero la experiencia también es táctil y uno gira las páginas con la yema de los dedos.

Un autor sin puntos ciegos en su obra es como un héroe sin tacha, un verdadero modelo de un santo o, en otras esferas, un pelmazo monumental. Por descontado, los lectores que viven 150 años después de la muerte del autor son, ante todo, más inteligentes, o al menos deberían serlo, por mucho que el autor se llame Karl Marx. Sin embargo, esta inteligencia normalmente solo alcanza para detectar predicciones incumplidas del autor y para señalar una u otra laguna en su razonamiento; y para anunciar tales descubrimientos a los cuatro vientos. Algunos lectores solo son capaces de combatir las teorías de Marx armados con viejos argumentos.

Al igual que otros muchos autores y autoras, no cabe duda de que Marx dejó muchos flancos abiertos. Estos puntos débiles deben contemplarse como un reto para el lector de consolidarlos con sus propios pensamientos y los argumentos resultantes. Esto requiere cierto esfuerzo, por mucho que las lagunas que dejó Marx encierren tanto potencial que podrían dar pie a muchos centenares de ideas. Pero nadie cultiva estas creaciones en una época en que el presidente de un falso país ordena incursiones aéreas muy reales y mortíferas a golpe de Twitter por debajo del umbral de reflexión, y cuando, de modo menos escandaloso, la crítica de ideas, incluso de teorías elaboradas para las que Marx aportó una base científica y muchos ejemplos, pasa a formar parte de un oportunismo promocional adaptado afirmativamente, o cuando algún periodista insensato de un periódico respetado se propone la misión imposible de descubrir errores.

Nos referimos a Marx del mismo modo en que nos referimos a otras mentes preclaras que han impartido conocimientos indispensables para responder a los enigmas irresueltos en nuestra labor actual. Ni siquiera podemos nombrar a todas ellas porque algunas se han convertido en una segunda naturaleza y parte del discurso cotidiano, hasta el punto de que nos extrañamos cuando alguien menciona la autoría de algún pensamiento o dicho familiar; por ejemplo, que los economistas son gente que sabe el precio de todo, pero el valor de nada. Esto lo dijo Oscar Wilde, quien a todas luces, como poeta, lo sabía mejor que el club de premios Nobel de economía que se reúnen regularmente en Lindau para reflexionar sobre sí mismos en plan narcisista.

Marx dijo que las monedas y el dinero en efectivo del “sistema monetario” era un invento “esencialmente católico”, mientras que “el sistema crediticio [era] esencialmente protestante”. Como prueba, añadió que esto ya lo ilustraba el hecho de que “los escoceses odian el oro” (El Capital, vol. III). Hoy sabemos que fueron sobre todo protestantes quienes crearon el sistema monetario del euro y protestantes los que están tratando de abolir el dinero en efectivo en Europa. Una lucha entre confesiones lidiada con medios monetarios. Y Marx lo anticipó porque conocía el vínculo indestructible que existe entre un modo de producción basado en el valor y sus construcciones culturales e ideológicas.

Con cada nueva lectura de El Capital, uno descubre algo nuevo. Pero esto solo sucede si uno aborda el texto con curiosidad y desde una perspectiva actual y no lo lee como una serie de mandamientos grabados en tablillas de piedra. Incluso 200 años después de que naciera Marx persiste el vano empeño de no querer ver el mundo bajo la misma luz, sino sumergirse en la penumbra de la propia falta de visión. Hay marxistas fundamentalistas que demonizan una relectura crítica de El Capital(como la de Mathias Greffrath, de 2017), aunque ahora son menos en número.

Es una tarea intelectual fundamental de la Ilustración –podríamos añadir que con el fin de mejorar a la humanidad– arrojar luz sobre todo el ámbito de la lucha de clases, la diversidad de conflictos sociales y sus agentes, sus orígenes, sus dinámicas y formas de desarrollo y sus consecuencias deseadas y efectos secundarios no deseados. Esta diversidad es actualmente diferente de lo que fue durante la Revolución Rusa en 1917, o un siglo antes, cuando nació Marx en Tréveris en 1818, o en 1867, cuando Marx entregó en mano el manuscrito de El Capital a su editor de Hamburgo, Otto Meissner.

Se suponía que no era un mero manuscrito de un libro, sino “el más terrible misil que se ha lanzado hasta ahora a la cabeza de la burguesía”, como escribió Marx a Johann Philipp Becker el 7 de abril de 1867, poco después de volver de Hamburgo. Un escrito teórico, sumamente complejo y no fácilmente accesible a todos y todas que se convirtió en un proyectil en la lucha de clases. La prueba de la praxis indaga en su calidad para el trabajo teórico, para formular una estrategia y también para desarrollar tácticas en el ejercicio político de generar movimiento(s) social(es) y político(s). Todo el complejo de la sociedad burguesa, su economía y su ecología, pasa a estar en el punto de mira. Marx destaca entre los economistas como el único que, en las categorías que examina, considera y descodifica analíticamente “el contexto dialéctico general” de la materia y el valor, el material y la forma, el valor de uso y el valor de cambio, el trabajo concreto y abstracto, la naturaleza y la sociedad, la estructura social y la acción individual y colectiva, y por tanto de la teoría y la práctica.

El contexto general del “modo de producción basado en el valor” determina el enfoque analítico, la forma y el alcance de la crítica. Es holístico, más completo que los enfoques analíticos de otras ciencias sociales y “escuelas” de economía teóricas, que de este modo presentan más lagunas que los enfoques teóricos de la obra de Marx y Engels. Por esta razón, Marx es el único economista (sí, el único) en cuyo sistema de categorías pueden analizarse y debatirse adecuadamente los problemas ecológicos de la sociedad capitalista. ¿Es esta una afirmación arrogante y por tanto descarada y boba? Es posible, pero hay buenos argumentos que avalan esta línea de razonamiento.

Antes del comienzo de la era industrial impulsada por los combustibles fósiles también había teorías económicas, por lo que la historia del dogma se remonta hasta tiempos bíblicos. Sin embargo, únicamente desde que el hombre comenzó a utilizar los combustibles fósiles de modo sistemático los trabajadores han sido capaces de emplear instrumentos para alterar la naturaleza que, por un lado, permiten aumentar la productividad del trabajo y la “riqueza de las naciones” hasta niveles antes inasequibles, pero que, por otro, también conducen a la destrucción de la naturaleza. El metabolismo de la reproducción capitalista abarca tanto el consumo como la excreción, es decir, la creación de material natural, aunque su composición no siempre puede ser tolerada por el hombre o la naturaleza. La crisis medioambiental comienza y los efectos que tiene este cambio en las condiciones de vida de la gente los describe Engels en su obra de 1844 titulada La situación de la clase obrera en Inglaterra.

La posibilidad del crecimiento proporciona el ímpetu para los esfuerzos tanto científicos como empíricos para investigar sistemáticamente los orígenes de esta nueva riqueza. ¿Proviene del comercio practicado en el mercado o del trabajo realizado en el proceso de producción? Son preguntas que se puede plantear cualquier hada buena, pero a las que no puede dar una respuesta satisfactoria. Cuando el hada no llega, ha de intervenir la ciencia. Toma forma una nueva disciplina, al comienzo, por supuesto, dentro del canon científico tradicional. Por eso no es extraño que los enciclopedistas prerrevolucionarios de la Francia del siglo XVIII creyeran que las respuestas a las cuestiones económicas se hallaban en la doctrina moral. En este punto, los neoliberales modernos solo pueden negar con la cabeza. En todo caso, nació la economía política. Empecemos por tanto con un breve repaso de las escuelas de pensamiento económico más influyentes que ha conocido el mundo desde el siglo XVIII.

1) Los economistas clásicos entendían que el valor económico lo crea el trabajo y que el factor clave es el excedente, es decir, la plusvalía. También identificaban la diferencia entre material y valor, pero no llegaron a reconocer su forma social específica. Para ellos, el capitalismo y la economía de mercado eran la ultima ratio del orden económico y natural. La diferencia entre el excedente en las sociedades precapitalistas y la plusvalía en la sociedad capitalista dejó de ser un tema, tanto como la posibilidad de una sociedad poscapitalista o la cuestión candente en que se ha convertido hoy el medio ambiente.

No obstante, los “economistas clásicos” habían reconocido que la economía era política y que tenía algo que ver con “sentimientos morales” y la ética, al tiempo que también tenía que ser analíticamente fuerte e influir normativamente en el orden de la comunidad. Por consiguiente, la economía política era –al menos al comienzo de la época burguesa– un programa autoconsciente para diseñar lo que Leibniz consideraba el mejor de los mundos posibles. Para los intereses de la burguesía (la clase capitalista ascendente), la economía política clásica era una ciencia partidista. Todavía no estaba afectada por los conflictos en torno a los juicios de valor desatados en el siglo XX.

2) La idea presuntuosa y realmente loca de la mejor sociedad posible ya fue ridiculizada a comienzos del siglo XVIII por Bernard Mandeville (1703) en su poema satírico La fábula de las abejas y por Voltaire en su novela Cándido, dirigida contra Leibniz. Claro que el escarnio y la burla no eran una “crítica de la economía política”, sobre la que Marx estaba trabajando desde la década de 1840. La economía política que surgió primero como ciencia de la mano de la burguesía no se desarrolló hasta convertirse en una crítica de la economía política, sino que siguió el principio más cómodo de separar todo lo que era económico de los contextos sociales y políticos, así como de los conflictos, presiones de legitimización, tradiciones y costumbres. Esto encaja en el paisaje de lo que hoy es la economía de mercado capitalista prevaleciente.

La economía se convirtió en la ciencia de una economía de mercado descontextualizada, que pasó a ser objeto de la investigación de Karl Polanyi (1978). La economía dejó de considerarse economía política, tal como la habían concebido los economistas clásicos; contemplaba las normas moralmente justificadas a la defensiva y con escepticismo y estaba muy lejos de una crítica de la economía política materialista y dialéctica. La palabra “economía”, que remitía a su sustancia materialista, y por tanto social y natural, también quedó suprimida y fue sustituida por economics (ciencia económica). A lo largo de esta historia de descontextualización, en cuyo transcurso desapareció toda noción de sociedad, política, cultura y naturaleza del concepto de ciencia económica, también cayó en desgracia la crítica de los discursos económicos, quedando después fuera de los planes de estudio universitarios: desterrados, cómo no, del contexto social que todavía encerraba el término “economía”. El triste estado de las facultades de ciencias económicas actuales tiene por tanto una historia igual de deprimente.

Los economistas neoclásicos del siglo XIX, y especialmente sus seguidores neoliberales del siglo XX, no se interesaban por tanto más que por el aspecto monetario de los procesos económicos y no perdían el tiempo estudiando el origen, la forma y el contenido del dinero, que ellos son los únicos capaces de emplear para debatir sobre cuestiones económicas. Por tanto, cuando despotrican sobre el capital natural, no son capaces de reconocer problemas ecológicos y comentarlos racionalmente. Las notificaciones de los bancos centrales que han establecido ellos mismos sobre la masa monetaria (que, de acuerdo con una gracia del sumo sacerdote neoliberal, Milton Friedman, ha sido lanzada desde un helicóptero, ganándose por tanto el nombre de dinero helicóptero M1, M2, M3, etc.) son suficientes para ellos.

Desde su punto de vista, el valor creado por el trabajo, así como la economía material de la materia y la energía, carecen de importancia. Tampoco les interesa el proceso de producción previo al funcionamiento del mercado ni el proceso de vertido de residuos, aguas residuales y gases de escape en el medio natural del planeta Tierra, una vez fabricados y consumidos los productos. Lo único que importa es que todo tenga su precio, que los economistas pueden entonces calcular. La naturaleza solo interesa como capital natural; y los seres humanos, como capital humano.

Este es el nadir de la inteligencia económica que el Comité Nobel ha celebrado con incontables premios. El mismo economista admite que esto es inhumano, en su mayor parte, sin entender qué está diciendo: cuando él (solo en unos pocos casos habría que decir “ella”) hilvana supuestos muy artificiales en modelos matemáticos o asume la racionalidad del homo oeconomicus. Esto siempre es instrumental y por tanto ha de excluir del cálculo todo lo que no aparece en el radar del “hombre económico” o del “inversor”. Por tanto, queda exento de toda responsabilidad por el daño medioambiental causado por el afán de lucro que nutre las decisiones de inversión. “Los costes sociales y el quebranto medioambiental… pueden considerarse la principal contradicción dentro del sistema de empresa lucrativa”, escribe K. William Kapp, uno de los pocos economistas que han abordado la cuestión de las consecuencias medioambientales de la acumulación de capital privado.

En la teoría económica neoclásica, con su capital privado desbocado, el afán de acumulación y el recorte de los bienes comunes y de la regulación estatal, la externalización es un principio estructural, indispensable en la economía capitalista moderna. Los intentos de internalizar los “costes sociales”, por consiguiente, solo pueden materializarse si se pone en tela de juicio la racionalidad de la sociedad capitalista, es decir, si se cambia de sociedad. La externalización es por tanto una expresión (que los economistas no captan) de la descontextualización de la economía de mercado con respecto a la sociedad y la naturaleza, cosa que Marx criticaba, calificándola de fetichismo. Esto inhibe la comprensión que la ocupación del planeta con fines de valorización capitalista (habitualmente comercial), llamada “externalización”, es nada menos que la digestión de la naturaleza en el tracto metabólico insaciable y glotón de la economía y la sociedad.

3) Fue en la política económica keynesiana que siguió a la gran crisis económica global de la década de 1930 cuando se redescubrió el espacio y el tiempo, y por tanto categorías de la naturaleza, como elementos significativos para los economistas. Sin embargo, la comprensión fue extremadamente limitada, puesto que la principal preocupación consistía en detectar inestabilidades económicas que surgían a resultas de la incertidumbre de decisiones de inversión que tendrían efecto en el futuro. Una decisión se adopta en el presente sobre la base de certezas dadas que provienen de periodos que ya pertenecen al pasado. Las expectativas, en cambio, se basan en ingresos futuros. Por tanto, las inversiones siempre conllevan necesariamente un riesgo y pueden fracasar, pues el futuro es desconocido y las cosas pueden evolucionar de un modo muy diferente de lo previsto por la entidad económica que ha tomado la decisión. Esta entidad compara tipos de interés externos e internos, interés de mercado que puede regularse dentro de ciertos límites por parte del banco central, con la tasa de beneficio, que depende de la productividad y los costes laborales. Sin embargo, las decisiones se basan en cálculos privados, centrados en el beneficio.

4) A diferencia de la economía clásica, de la economía neoclásica o del keynesianismo y sus variantes, en la economía termodinámica la materia, la energía y sus transformaciones, es decir, las condiciones ecológicas de la producción, el consumo y la circulación, son categorías centrales. La economía termodinámica fue la respuesta que dan los economistas que están descontentos con las escuelas de pensamiento neoliberales y neoclásicas que olvidan la naturaleza. También respondía a la teoría de Marx, aunque sobre la base de una interpretación terriblemente truncada del análisis marxiano del modo de producción basado en el valor (y no, desde luego, en la materia).

Actualmente, la economía termodinámica o bioeconomía suele mencionarse en relación con el matemático y economista rumano Nicholas Goergescu-Roegen y su obra principal del año 1971. Las transformaciones materiales y energéticas tienen una importancia fundamental para el análisis económico y no deben excluirse del mismo, puesto que todas las transacciones económicas tienen lugar en el espacio y en el tiempo y una ciencia económica que no tenga en cuenta el tiempo físico y el espacio físico sería por tanto absurda, pues excluiría la posibilidad de comprender el carácter entrópico de todas las transformaciones económicas de la materia y la energía.

Con el tiempo aumenta la entropía, es decir, una vez utilizada, la energía no puede reutilizarse (algo parecido ocurre con el material). Disminuye la calidad del rendimiento del trabajo. Esto lo señala la economía termodinámica, que, en contraste con la economía neoclásica, permite discutir debidamente la externalización de los costes sociales generados en la economía privada, como se ha mencionado más arriba. Sin embargo, en la economía termodinámica se deja de lado el análisis de las formas sociales de la actividad económica. Ni siquiera entran dentro de su campo visual. Tampoco se reconoce suficientemente el significado de los agentes capitalistas que están detrás de las actuales transformaciones –desastrosas para el medio ambiente– de la materia y la energía ni cómo influyen en la ecología y la política medioambiental. Una vez más, el papel central de la categoría de la naturaleza dual del trabajo y su producto, la mercancía, se presenta como “pivote” de la economía política.

5) La economía política ha sido unilateral desde el comienzo. O bien todo lo que importa es el dinero, o bien todo se centra en la materia y la energía. La forma social específica del uso de la materia y la energía en el modo de producción capitalista y las cuestiones de por qué el dinero se transforma en capital y por qué el modo de producción revoluciona entonces todos los modos de vida, no aparecen en el radar de los teóricos de la economía de ninguna de las dos vertientes. Esta unilateralidad no se suprime de ninguna manera cuando se diversifica declarándola “economía plural” y se acentúa cuando se utilizan múltiples nombres, como economía plural, economía de los comunes, economía comunitaria y economía del poscrecimiento.

Así no se crea la ciencia que, desde Marx, se denomina “crítica de la economía política” y que nosotros, junto con Engels, podemos llamar “la ciencia del conjunto dialécticamente relacionado” o bien, como diríamos hoy, un enfoque holístico acorde con la teoría del caos. El pluralismo es bueno, pero no basta para captar las contradicciones y crisis de la dinámica social de las economías capitalistas y la “web of life” (Jason Moore) que regulan en el planeta Tierra. Hasta ahora, esta “red de vida” no se ha reconocido en toda su complejidad, y puede que no se pueda captar científicamente, y además comprende a muchos actores que todos desempeñan una función en el conflicto social y en las luchas de clases de la era ecológica. Hemos de reconocerlos lo antes posible para poder seguir siendo capaces de actuar. El espacio medioambiental de que disponemos no solo es limitado, como se ha constatado desde la década de 1990 con las conclusiones de los estudios sobre los límites del crecimiento. Quienes nos hallamos en la “esfera planetaria limitada” (por utilizar un término citado por Immanuel Kant) nos acercamos a los “límites planetarios” marcados por un grupo internacional de científicos encabezados por Johan Rockström en 2009. Ya hemos sobrepasado algunos de ellos. Estamos viviendo a salto de mata. La oferta es cada vez más escasa, pero la demanda sigue exigiendo a voz en grito, sobre todo por parte de los “great Americans”.

Las pruebas aportadas por los científicos, que no solo demuestran el carácter finito de los recursos, sino también el declive del planeta Tierra, a medida que este se convierte en un único gran vertedero o en un cementerio de residuos peligrosos, son tan obvias como aterradoras, máxime cuando se tienen en cuenta los agentes capitalistas analizados por Marx, y por tanto específicos de esta formación social: la producción de valor, que trata el trabajo, es decir, a los seres humanos, así como el mundo natural, sin ninguna consideración, y que debe imponerse cada vez en contra del interés capitalista de proteger a la naturaleza y a la humanidad. “¡Acumulad, acumulad! ¡Esto es Moisés y los profetas!” (Karl Marx, El Capital, Volumen 1): así se refiere Marx a la regla de oro del capitalismo. Hasta las normas de pureza más evidentes han de arrancarse al capital si esto restringe siquiera un poquito la creación de plusvalía a través del trabajo. El antagonismo existente entre materia y valor, trabajo asalariado y capital, naturaleza y sociedad, acumulación y crisis debe entenderse por tanto, sobre todo, como una contradicción económica y un conflicto social dentro del modo de producción capitalista antes de poder hablar razonablemente de economía del bien común, del poscrecimiento, etc. o de economía plural, que no quieren saber nada de las imposiciones del sistema.

En la economía neoliberal dominante, la situación es desesperada. Pero incluso la economía pluralista de la sostenibilidad cree en la reconciliación de los intereses del capital con el interés de la preservación de la naturaleza y los intereses de los trabajadores. Desde luego, los conflictos sociales no siempre se libren sobre el filo de un cuchillo; se producen negociaciones, los acuerdos son posibles e incluso perduran algún tiempo. Los Objetivos de Desarrollo Sosternible (ODS) ofrecen un rayo de esperanza y son una señal del surgimiento de un nuevo futuro de poscrecimiento sostenible.

Podemos ver algunas similitudes con los acontecimientos que tuvieron lugar durante los periodos de reformismo, cuando el movimiento obrero creía en la posibilidad de conciliar intereses de clase enfrentados. En los conflictos ecológicos también se están sentando las bases, de modo que las partes pueden avanzar algún día codo a codo hacia el acuerdo. Sin embargo, la manera en que puede lograrse la sostenibilidad socioecológica deseada y la forma que debería adoptar si no se pone coto al impulso acumulador del capital, es decir, si no se priva de poder a Moisés y los profetas, es un tema que todavía debe abordar la economía plural.

Marx y Engels escribieron en el Manifiesto Comunista que hasta ahora la historia ha sido una historia de lucha de clases. Este sigue siendo el caso. Sin embargo, en el futuro las luchas no solo se producirán en relación con los salarios, el rendimiento y la cantidad y calidad del empleo dentro de la sociedad capitalista existente, y/o con la conveniencia de cambiar este marco social, sino también en relación con las condiciones de vida y de trabajo en una sociedad en los límites de la capacidad del planeta. La organización de un imperialismo de saqueo, como el descrito por David Harvey (2005), o la externalización de cargas y la sobrecarga de la naturaleza a raíz de los cálculos racionales efectuados por “inversores”, descrita por Lessenich (2016), no son más que un vano intento desesperado de erigir una valla protectora que ya ha sido tumbada.

No hay otra opción que crear una sociedad económicamente eficiente y socialmente equilibrada, organizada democrática y ecológicamente de acuerdo con los principios de sostenibilidad. Muchos recibirán este mensaje con aprobación. Pero no proviene de la conciencia de las ventajas de una economía de poscrecimiento, porque esta no puede existir sin ir más allá del capitalismo. Como siempre ha ocurrido en la historia, es el resultado de las luchas de clases por un futuro digno de ser vivido, en el siglo XXI y más allá: esfuerzos políticos pragmáticos en pro de la configuración del conjunto dialéctico global con criterios de humanidad y ecología.

20/07/2017

Traducción: viento sur


Elmar Altvater es profesor emérito de economía política (internacional) del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Libre de Berlín.


 

viernes, 22 de septiembre de 2017

Microfascismos y Realidad Virtual



 

:
               carlos augusto larriera

El artículo de Ezequiel Adamovsky “Qué hacer con el microfascismo”[1]produjo un fuerte impacto, nos ubicó frente a un problema que no habíamos profundizado lo suficiente, que no habíamos comprendido es su especificidad, que nos hace sentir que estábamos atrasados en la comprensión de época.
No era difícil de comprender la campaña del gobierno para embarrar la cancha, desviar hacia falsos culpables, etc., en relación a la desaparición forzada de Santiago Maldonado.

Pero Adamovsky señala que “lo que resulta más difícil de comprender es que todo esto haya generado una proliferación de microagresiones en la población común” y “lo llamativo del caso es que toda esta agitación sucede sin que haya episodios reales que la justifiquen”, “¿Cómo entender que haya gente común tomada por el estado de ánimo propio de una guerra que sólo existe en la mente de Leuco o en la realidad paralela de los trolls de Twitter?”.

Es imposible encontrar una respuesta profunda y completa a estos “microfascismos”. Solamente se puede empezar a realizar algunas reflexiones.

Lo que explica en profundidad el fascismo de Mussolini y el Nazismo de Hitler es la necesidad de la gran burguesía de evitar el levantamiento generalizado del pueblo frente a la desesperante miseria y desocupación de esos días. Frente a la masividad del descontento popular, que se extendía tanto a la clase media como a la clase obrera, era imposible instalar una dictadura militar pura y simple. Fue necesario dividir al pueblo en dos partes que se enfrenten entre sí, y sobre ese enfrentamiento ir instalando la dictadura más feroz. El método de Goebbels de mentir reiteradamente hasta que la mentira se tome como realidad, y el invento de un enemigo como los judíos, jugaron un rol fundamental en la creación de este enfrentamiento en el seno del pueblo.

Es obvio que este gobierno, siguiendo los intereses del capital concentrado local e internacional, avanza por un camino similar, con todas las diferencias y especificidades que se dan en la Argentina actual. Pero ¿Cómo han logrado que gente común se niegue a contestar una pregunta simple: ¿Dónde está Santiago Maldonado?? ¿Cómo pueden interpretar la búsqueda de aparición con vida como una guerra cruel contra el gobierno y contra ellos mismos? ¿Cómo pueden estar tan fuera de la realidad?

El artículo “Vivir en las redes” de Pablo Boczkowski y Eugenia Mitchelstein[2] nos da una clave para comenzar a comprenderlo.

Dicen: “Hace tiempo que las redes sociales han dejado de ser objetos para convertirse en entornos donde estamos con los otros: no usamos las redes sino que vivimos en ellas”. “Durante los primeros cinco siglos de existencia de los medios de comunicación, desde la imprenta hasta la televisión, las personas se vincularon con los distintos medios como con objetos que se usan: leer las noticias, escuchar música y ver películas eran actividades discretas y puntuales para las que se requería ir utilizar el diario de papel o los artefactos de radio y televisión. Una vez terminada la actividad se los dejaba de lado y se pasaba a otra cosa.
“La irrupción… de las redes sociales… ha llevado a una progresiva e ininterrumpida mediatización de la existencia íntima, privada y colectiva.
,,,”no usamos las redes sino que vivimos en ellas”. Esta frase resume mucho, lo principal.

En un artículo anterior “Experiencia y conciencia”[3], tomando la concepción de Marx de que la existencia determina en gran medida la conciencia —los obreros tienden a pensar como obreros, los campesinos como campesinos, lo patrones como patrones, etc.— señalábamos que las masas aprenden por experiencia de masas.

Muchos pensábamos simplemente que la experiencia con el gobierno macrista y las penurias que trae aparejadas, más tarde o más temprano se haría conciencia en gran parte de sus votantes. Todo el aparato mediático del capital concentrado está dedicado a impedir que esto suceda. Todos los opositores verdaderamente democráticos tratamos de contrarrestar ese discurso del poder dominante. Sin ganar esta lucha ideológica no hay salida posible.

Pero no habíamos tomado conciencia de la profundidad de esta ofensiva, en la existencia de un salto cualitativo en los medios de comunicación de masas y en el aprovechamiento profundo de estas innovaciones.

La experiencia determina en gran medida la conciencia, pero la experiencia es la experiencia de la vida real, hasta ahora había sido así. Pero hoy, para gran parte de la población, la realidad, está dentro de las redes: vive, se comunica, recibe noticias, dentro de las redes. Es esta experiencia la que subiría a la conciencia, dejando de lado a la experiencia del mundo real.

Para hablar, argumentar, tratar de convencer de los males del macrismo, a las personas que viven dentro de las redes, de alguna manera también tendríamos nosotros que vivir dentro de las redes para poder dialogar y convencer.

Si aparece en las redes es verdad, tienen valor de verdad, entonces, por ejemplo, todo lo que envían los trolls es verdad. Pero si nosotros enviamos una cantidad equivalente, que por el hecho de aparecer en las redes también sería verdad, se establecería objetivamente la lucha ideológica entre la mentira del macrismo y la verdad del pueblo. Es la única vía por la que podríamos discutir con muchos votantes bienintencionados de Macri.

Comunicarnos desde afuera de las redes, es imposible porque para ellos es un mundo que no existe, su mundo real es su mundo virtual.

Esta nueva realidad, que hace tiempo que existe, pero que muchos de nosotros recién tomamos nota a raíz de estos dos artículos citados, nos hace sentir que, hasta ahora, habíamos estado fuera de época. Razonábamos en un mundo binario, analógico, basado en los hechos reales. Ellos lo hacen en un lenguaje digital en un mundo virtual que para ellos es el único real.

Imposible comunicarse si no entendemos esto, hay como una división de generaciones, las que pensamos en términos analógicos, binarios, y los que piensan en forma digital.

Muchos estamos en transición, en parte en el pasado binario, en parte en la actualidad virtual.
Todo esto nos lleva a la conclusión de que hacer ver la realidad a los microfascismos que aún pueden ser rescatables o neutralizables, lo debemos hacer en su mundo virtual que para ellos es el real.
Estamos atrasados, tenemos que actualizarnos.

Adamovsky también afirma al comienzo y al final de su artículo que “del microfascismo sólo se sale proponiendo un horizonte colectivo que sea mejor. Tiene razón, pero ¿cuál es ese horizonte colectivo? ¿Cómo se llega a él? ¿Con qué fuerza contamos para lograrlo?

¿Cuál es el horizonte colectivo? ¿Intentar el “crecimiento con inclusión social y democrático bajo el capitalismo?” “¿O primero expropiando al gran capital concentrado?

¿Llegaremos utilizando como recurso fundamental ganar las elecciones amañadas, controladas y llenas de fraudes? ¿Utilizando el mismo aparato estatal que es la herramienta de dominación del gran capital?

Los gobiernos progresistas, “populistas”, pueden tener cierta independencia del mandato del gran capital, pero nunca podrán evitar, utilizando el actual Estado, derrotarlo y gobernar plenamente a favor del pueblo. Son gobiernos que sostienen básicamente una ideología de clase media, que es su principal base social, y esta clase, por sus características fluctuantes y centristas, contradictorias, no puede llevar adelante una lucha consecuente, porque al mismo tiempo que se rebela contra el atropello del gran capital, se frena constantemente para defender sus pequeños avances materiales obtenidos. Por esta razón no puede vencer nunca sola en su lucha contra el gran capital.

Hay otra parte del texto de Adamovsky en el que dice: “Que el impulso al microfascismo se haya activado precisamente ahora tiene que ver con el momento político en el que estamos /…/ emerge por el agotamiento del horizonte que propuso el gobierno anterior. Porque el kirchnerismo volvió a dotar de intensidad a la política, propuso nociones fuertes de lo colectivo, prometió más derechos para minorías y para clases subalternas apelando a una retórica de confrontación con las corporaciones. En tanto ese horizonte resultó convincente /…/ La retórica de lo colectivo, de la lucha reivindicativa, de los derechos (incluidos los humanos), se sostuvo en una ilusión a futuro ahora agotada.”

Aquí hay algo que no termina de quedar claro. ¿Cuándo esta ilusión a futuro se agotó? ¿Y por qué razón?
En primer lugar la política del anterior gobierno no se basó en una retórica de confrontación con las grandes corporaciones, sino en la creación de 5 millones de puesto de trabajo, inclusión de casi todo el mundo en las jubilaciones, una gran inversión en obra pública, en múltiples rubros, en resumen con la elevación del nivel de vida y de posibilidades de futuro para gran parte de la población, como lo fueron la repatriación de más de mil científicos, los satélites Arsat, etc. Su crítica, aunque incompleta, fue la mayor que se haya realizado desde un gobierno contra el capital concentrado, y fue una defensa necesaria e inevitable. A pesar de sus errores de caracterización, ayudó en gran medida a la elevación de la conciencia política de la población, y a que ésta comenzara a comprender cuál es el verdadero enemigo que enfrenta todo el pueblo. Enemigo que está hoy directamente en el gobierno.

La desilusión de las masas con el kirchnerismo es inevitable, porque es un movimiento de clase media, que como tal no es suficiente para derrotar al capital concentrado internacional. Pero esta desilusión puede ser una toma de conciencia de la necesidad de superar al kirchnerismo, de partir de lo avanzado e ir más allá, o como condena del mismo, como si fuera el responsable absoluto de la actual penuria del pueblo. Esto último sería nefasto. Es el discurso con el cual el gobierno trata de ocultar su política de saqueo.

No hay pruebas de que la experiencia kirchnerista se haya agotado. Hechos como los cantos permanentes “vamos a volver”, “vamos a volver”, y la concurrencia masiva a actos de CFK, Kicillof y otros dirigentes kirchneristas no avala esta caracterización.

La única clase social capaz, potencialmente, de derrocar al capital concentrado es la clase obrera, como dirigente de todo el pueblo, pero para esto necesita la existencia en una organización en la que haya por lo menos un pequeño grupo de intelectuales revolucionarios que ayuden a explicar la verdadera naturaleza de la situación social que se vive, quiénes la generan, y por qué. Esto no existe, y es posible que no surja por muchos años.

Este supuesto agotamiento es materia discutible y analizable. La feroz campaña virtual del gobierno, a través de un ejército de trolls y otros mecanismos puede ser muy determinante en el surgimiento de estos microfascismos, aunque este agotamiento todavía no se haya producido.

Está claro, después de todas estas consideraciones, que es necesario tener siempre presente que también es imprescindible dar la batalla ideológica con los votantes del macrismo —los que sean rescatables, que hay muchos— desde su mismo mundo virtual, al que toman como el único verdadero existente.

Carlos A. Larriera

21.9.2017


[1] Publicado en la revista digital Anfibia.
[2] Ídem.
[3] C. A. Larriera, wwwnudosgordianos.blogspot.com (sin punto entre www y nudos gordianos).